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Revista de Educación Infantil y Juvenil de GITA centroantroposofico.org

La educación como problema de formación de maestros

A través de nuestras más recientes reflexiones, ustedes se habrán dado cuenta que dentro de los muchos problemas actuales, el problema de la educación es el más importante, porque incluso el problema social en su conjunto encierra en sí como factor principalísimo precisamente el problema de la educación. Después de que, hace ocho días, he tocado las cuestiones de la transformación y reforma de la instrucción pública, encontrarán ahora comprensible que, dentro del problema educativo, el subproblema principal sea el de la preparación del propio maestro. Si uno estudia el carácter de la época transcurrida desde mediados del siglo XV, para ser precisos, se pone en evidencia, como ustedes saben, que por su evolución, la humanidad en ese período atravesó una ola de pruebas materialistas. Actualmente, pues, vivimos la necesidad de emerger de esa oleada para reencontrar la vía hacia el espíritu; esa vía que ya había sido conocida y recorrida en épocas culturales anteriores, aunque fuera de manera más o menos instintiva e inconsciente. Se perdió el rastro con el fin de que la Humanidad pudiera buscarla por impulso propio y libremente, y hallara la ruta plenamente consciente.

EL Maestro de Escuela - Jan Steen 1668

El pasaje que la Humanidad hubo de atravesar desde mediados del siglo XV, es lo que pudiera llamarse propiamente la prueba materialista de la Humanidad. Si estudiamos su carácter y examinamos, a través de lo que ese estudio nos revele, el desarrollo de la cultura en los últimos tres o cuatro siglos e incluso en nuestros tiempos, encontraremos que lo más afectado por la oleada materialista, lo más intensamente corrompido, es precisamente la formación del pedagogo. Ninguna otra cosa hubiera podido ejercer un efecto tan persistente como la impregnación de la concepción pedagógico-didáctica por el materialismo. No necesitamos más que examinar con perspicacia ciertos detalles que se observan en el régimen educativo actual, y nos daremos cuenta de toda la dificultad que en él existe para lograr un progreso realmente fructífero. Detengámonos, por ejemplo, en la insistencia con que las personas que se creen autorizadas para hablar de cuestiones educativas, repiten, una y otra vez, que toda enseñanza, desde sus grados más inferiores, debe ser gráfico-visual, o lo que suele entenderse por gráfico-visual. Ya les he manifestado reiteradamente cómo se quiere hacer visual, por ejemplo, la enseñanza del cálculo: ¡instalando ábacos en las escuelas! ver nota 1 Se concede un alto valor a que el niño pueda tener primero una impresión visual, para que luego, partiendo de ella, forme desde la intimidad de su alma las representaciones. Sin duda, que esta tendencia a la concreación en la enseñanza está plenamente justificada en muchísimos dominios de la pedagogía. Sin embargo, nos obliga a plantear la pregunta: ¿Qué pasa con el hombre cuando recibe una instrucción puramente gráfico-visual? Simplemente se anquilosa por completo su alma; se extinguen gradualmente sus impulsos anímicos, y se establece una atadura de toda la entidad humana con aquel ambiente gráfico-visual. Y así, lo que debiera brotar desde el interior del alma, sufre una progresiva necrotización: lo gráfico de la enseñanza actual, tiende a sofocar lo anímico. No se sabe, desde luego, que se mata al alma, aunque así sea en realidad. Las consecuencias las vemos en los hombres del presente; ya lo he dicho desde otros puntos de vista. ¡Cuántos de ellos poseen una naturaleza problemática! ¡Cuántos no saben en su edad madura cómo extraer de su interior lo que podría proporcionarles consuelo y esperanza en los momentos difíciles y hacerlos aptos para enfrentarse con las diversas situaciones de la vida! ¡Cuántas naturalezas deshechas vemos en la actualidad! Nosotros mismos nos hallamos a veces desorientados.

Todo esto proviene de las deficiencias de nuestro régimen educativo, especialmente de la insuficiencia de la formación pedagógica. ¿Qué sería, pues, de desear para un próspero futuro en la formación de profesores? Consideren que es de importancia muy secundaria el que el maestro sepa lo que suele preguntársele en los exámenes, pues todo ello puede encontrarlo en cualquier libro de consulta que abra antes de dar su clase, preparada previamente si es necesario. Lo que en los exámenes no se aprecia en absoluto, es la disposición general de ánimo del maestro, lo que, sin cesar, debe transmitir espiritualmente a sus alumnos. Hay una gran diferencia en que sea uno u otro maestro el que entre en el aula: cuando uno de ellos se introduce en la clase, los escolares sienten una cierta afinidad con el estado de ánimo que les es propio: en cambio, cuando es el otro el que entra, los escolares no sienten para nada ese parentesco, sino, por el contrario, un abismo entre ellos y el maestro, con todos los matices posibles desde la indiferencia hasta la comicidad y la burla. Estos matices son los que contribuyen frecuentemente a arruinar la enseñanza eficaz y la auténtica educación.

Por lo tanto, el problema candente es: ¿de qué modo puede transformarse la futura formación del maestro? No hay ningún otro sino el de que el educador asimile lo que la ciencia espiritual le puede ofrecer en conocimiento de la naturaleza del hombre. El maestro debe estar persuadido de la relación del ser humano con el mundo suprasensible: ser capaz de ver en el niño en cierne el testimonio de que esa criatura ha descendido del mundo suprasensible por concepción o nacimiento, y de que se ha revestido de un cuerpo, y está realizando una apropiación a la que él tiene por misión ayudar aquí en el mundo físico, ya que el niño no tuvo posibilidad de apropiárselo en la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento.

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Todo niño debería significar en el ánimo del maestro o educador un interrogante que el mundo suprasensible plantea al sensible, interrogante que el maestro no podrá enunciar en sentido concreto y abarcante, sobre todo con respecto a cada niño en particular, a menos que sepa aprovechar los conocimientos que, sobre la naturaleza del hombre, proceden de la ciencia espiritual. La Humanidad ha venido acostumbrándose más y más en el transcurso de los últimos tres a cuatro siglos a considerar al hombre criatura meramente fisiológica, es decir, de pura constitución corporal externa. Esta concepción del hombre es superlativamente dañina para el educador. Por eso, es necesario ante todo que una Antropología resultante de la Antroposofía constituya el fundamento de la pedagogía del futuro. Esto no puede suceder sino por el enfoque del hombre desde los puntos de vista que con frecuencia hemos mencionado, y que en muchos aspectos lo caracterizan como entidad ternaria. Pero hemos de comprender esta tripartición en su realidad interna. Repetidamente, y desde los más distintos puntos de vista, he llamado su atención sobre el modo en que el hombre, tal como aparece ante nosotros, se descompone primeramente en persona neuro-sensoria o, dicho popularmente, en hombre de cabeza, cefálico. Como segundo miembro de la entidad humana, exteriormente considerada, tenemos el hombre torácico, o sea aquel en que se desarrollan principalmente los procesos rítmicos; y luego, como ustedes ya saben, el hombre articular o metabólico, en el que tienen lugar los procesos asimilatorios propiamente dichos y que se relaciona con el sistema metabólico global. Lo que el hombre es en cuanto ente activo, se agota exteriormente en la configuración física del hombre, en estos tres miembros de su naturaleza humana global.

Anotemos otra vez los tres aspectos de la naturaleza global del hombre: hombre cefálico o neuro-sensorio, hombre torácico o rítmico, y hombre articular, en el más amplio sentido desde luego, u hombre metabólico.

Ahora se trata de captar las diferencias que existen entre estos tres aspectos de la naturaleza humana. Esto les resulta incómodo a nuestros contemporáneos quienes aman las divisiones esquemáticas. Cuando decimos: el hombre consiste en hombre cefálico, torácico y articular, ellos quisieran poder trazar una línea a través del cuello y decir: de aquí para arriba está el hombre cefálico; después, trazar otra raya para limitar al hombre torácico, y así disponer limpiamente los miembros uno junto a otro. Todo lo que no puede conjuntarse esquemáticamente no lo acepta el hombre del presente, de buen grado.

Pero otra es la realidad; ella no traza líneas. Cierto es que de hombros arriba, el hombre es principalmente cefálico, neuro-sensorial. Pero no únicamente sobre los hombros; por ejemplo el tacto o el sentido térmico se hallan extendidos por todo el cuerpo, de suerte que la “cabeza” se extiende al cuerpo entero. Por lo tanto, se puede decir, si así se desea: la cabeza humana es principalmente cabeza, y el pecho es menos cabeza, pero es cabeza todavía; las extremidades o todo el sistema metabó1ico son aún menos cabeza, pero cabeza también. Así que propiamente podemos decir: el hombre entero es cabeza, y sólo la cabeza es cabeza principalmente. Si quisiéramos dibujar esquemáticamente al hombre cefálico, deberíamos hacerlo de la siguiente manera (ver dibujo, sombreado claro) .

A su vez, el hombre torácico no se halla presente tan sólo en el pecho, sino principalmente en los órganos del tórax, donde más patentemente se manifiestan el corazón y el ritmo respiratorio. Pero la respiración existe también en la cabeza, así como la circulación sanguínea se prosigue rítmicamente en la cabeza y en las extremidades. Así que podemos decir: el hombre es pecho en ese ámbito, pero también lo es en este otro, aun cuando menos (ver dibujo, sombreado rojo) y en este otro, aun cuando todavía menos. O sea, que nos encontramos nuevamente con que todo el hombre es pecho; pero predominantemente esto el pecho; aquello, la cabeza.

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Y lo mismo ocurre con el hombre articular u hombre metabólico que aunque en sus dominios lo sea principalmente (ver dibujo, sombreado azul), de todas maneras las extremidades se continúan en el pecho, aunque en menor cuantía, y minimamente en la cabeza.

Por lo tanto, con la misma verdad con que se puede decir que la cabeza es cabeza, se puede decir que todo el hombre es cabeza. Y con la misma verdad con que se puede decir que el pecho es pecho, se puede decir que todo el hombre es pecho, y así sucesivamente. En la realidad exterior, las cosas se interpenetran. Y si por un lado disgregamos al hombre en cefálico, torácico y metabólico, no debemos perder nunca de vista que tenemos que volver a integrar los aspectos separados. Propiamente, nuestro pensamiento nunca debe ser meramente desintegrador, sino siempre al mismo tiempo integrador. Un pensador que pretendiera pensar las cosas disgregándolas solamente, se asemejaría a un individuo que sólo quisiera aspirar, pero no espirar.

Con esto tienen ustedes algo de lo que debe ser precisamente el pensamiento de los maestros del futuro: un pensamiento de gran movilidad interior, un pensamiento no esquemático. Pues sólo así, captando el pensamiento no esquemático, su alma puede acercarse a la realidad, para lo cual es necesario interpretar este acercamiento, desde cierto punto de vista más elevado, como fenómeno propio de la época actual. La predilección por atenerse a los detalles de la vida cuando se trata de cuestiones científicas ha experimentado un creciente auge hasta el momento actual, y debe ser trascendida, relacionando aquellos detalles con los grandes problemas vitales.

Hay un problema de gran importancia para el desarrollo de la vida espiritual en el futuro: el de la inmortalidad. Habrá que adquirir una clara idea de cómo concibe una gran parte de la Humanidad esta inmortalidad, especialmente en un tiempo en que muchos hombres han llegado incluso a negarla. ¿Qué es lo que propiamente palpita en la mayoría de quienes pretenden todavía informarse sobre la inmortalidad con base en los trasfondos de las religiones usuales? Lo que propiamente los motiva es el deseo de saber qué es lo que ocurre al alma una vez traspasado el umbral de la muerte.

Cuando nos preguntamos qué interés puede tener el hombre en la cuestión de la inmortalidad, o por mejor decir, en lo que corresponde a la eternidad del ser humano, la respuesta no puede ser otra que: el primordialísimo interés hacia la cuestión de la eternidad del hombre estriba en su interrogación sobre su destino más allá del umbral de la muerte. El hombre tiene conciencia de ser un yo en el que viven su pensamiento, su sentir y su voluntad, y le resulta insoportable la idea de su anulación. El que pueda pervivir más allá de la muerte y lo que les suceda a partir de ese momento, es lo que interesa a la gente sobre todas las cosas. El que este interés haya tomado este sesgo, se debe, en lo esencial, a que todos los sistemas religiosos, o al menos los dignos de consideración para nosotros, al hablar de la inmortalidad y de la eternidad del ser humano, enfocan principalmente la pregunta: ¿Qué le ocurre al alma tras la muerte?

Sin duda sentirán ustedes que el problema de la inmortalidad, enfocado en esta forma, tiene un sabor extraordinariamente egoísta. Lo que infunde al hombre el interés por saber qué sucederá más allá de la muerte con su núcleo esencial, es en el fondo un impulso egoísta. Y si los hombres del presente ejercitaran el conocimiento de sí mismos más de lo que lo hacen; si reflexionaran y no se entregaran a ilusiones excesivas como suelen, comprenderían la intensidad con que el egoísmo interviene en el interés que muestra el hombre por saber algo sobre el destino del alma tras la muerte.

Este egoísta estado de ánimo se ha intensificado particularmente en la época de la prueba materialista de la Humanidad, o sea, en los últimos tres o cuatro siglos. Y eso que se ha apoderado del alma como hábito de sentir y pensar, no se puede vencer por medio de teorías o enseñanzas, si unas y otras poseen tan sólo forma abstracta. Pero merece plantearse la pregunta: ¿Pueden las cosas continuar así? En la interrogación por el núcleo esencial eterno del hombre ¿Tiene que pronunciarse en la naturaleza humana el egoísmo únicamente?

unbornchild123Cuando se examina todo lo relacionado con este complejo interrogativo, se llega ala conclusión de que si el estado de ánimo del hombre ha llegado a la situación que acabamos de describir, proviene de que las religiones han descuidado otro punto de vista: el de considerar la maravillosa forma en que el alma, al internarse en el mundo, se adentra más y más en la corporeidad del hombre, a partir del momento de su nacimiento, de su primer grito; el de considerar cómo va aflorando a la vida lo que él trae de su experiencia prenatal en el mundo del espíritu. ¿Se plantea hoy alguna vez la pregunta: al nacer el hombre, qué procesos de las regiones espirituales hallan su continuación en el hombre físico? En lo que se insiste una y otra vez es: ¿Qué es lo que perdura cuando muere el hombre? Y pasa en silencio: ¿Qué es lo que encarna al nacer? En el futuro habrá de prestarse atención primordial a este segundo aspecto. Tenemos que aprender en cierta forma a espiar en el hombre en cierne la revelación de lo anímico-espiritual, tal como era antes del nacimiento o de la concepción; a ver en el niño en desarrollo, la continuación de su estancia en el mundo espiritual, única forma de que nuestra relación con el núcleo substancial eterno del hombre se haga cada vez menos y menos egoísta. En efecto, si a uno no le interesa qué es lo que del mundo espiritual perdura en la vida física, sino únicamente qué es lo que continúa después de la muerte, entonces late el egoísmo en el fuero interno. En cambio, el prestar atención a aquello que persiste de lo espiritual en la existencia física, fundamenta, en cierto modo, un estado de ánimo altruista.

El egoísmo no pregunta acerca de esa persistencia de lo prenatal, simplemente porque tiene seguridad de que el hombre está ahí, y le basta. Pero no tiene seguridad de seguir estando ahí después de muerto, y quisiera que se lo demostraran: es el egoísmo lo que a ello le impulsa. Pero el verdadero conocimiento no lo logrará el hombre a través del egoísmo, aunque se trate del egoísmo sublimado que acabamos de caracterizar como el causante del interés en la continuación de la existencia anímica después de la muerte. Por otra parte, ¿se puede acaso negar que las religiones especulan diligentemente con este último egoísmo? Y esta especulación ha de superarse. Quien percibe el mundo espiritual, sabe que esa superación acarreará no sólo conocimiento, sino también una actitud completamente diferente del hombre hacia sus semejantes. Asimismo, si estamos siempre pendientes de la forma en que continúa en el niño lo que ya no podía permanecer en el mundo espiritual, tendremos sentimientos y sensaciones totalmente distintas con respecto al hombre en cierne.

Consideren ustedes nada más cómo se desplaza el problema desde este punto de vista. Pudiéramos decir: el hombre estaba en el mundo espiritual antes de descender al físico

por concepción o nacimiento. Por lo tanto, ha de haber sido allá arriba que él ya no podía encontrar su meta oportuna, lo que su alma anhelaba; y de ese mundo espiritual debe de haber surgido el impulso de descender al físico, revestirse de un cuerpo, y a buscar aquí en el material lo que ya no podía encontrarse en el espiritual.

La adopción sensible y emotiva de este punto de vista nos lleva a una grandiosa profundización de la vida. Mientras que el punto de vista egoísta empuja al hombre a devenir cada vez más abstracto, a constreñirse a lo teórico, a propender al intelectualismo, el punto de vista altruista le impulsará a conocer el mundo en amor, ya comprenderlo a través del amor. He aquí, pues, uno de los elementos que deben formar parte de la educación de los maestros: poner la mirada en la personalidad prenatal, no sólo sentir el enigma de la muerte, sino asimismo, y frente a la vida, el enigma del nacimiento.

Más hemos de ir más allá: elevar la Antropología hasta la Antroposofía por medio de un sentimiento real de las formas que se manifiestan en el hombre ternario. Decía yo hace poco: ¿Acaso no está esta cabeza del hombre, o sea, aquello que es principalmente cabeza, de una forma esferoidal completamente distinta, tan sólo sobrepuesta al resto del organismo? (ver dibujo). Y si luego tomamos al hombre torácico, ¿cómo se nos presenta? Parece como si tomáramos una porción de la cabeza, la amplificáramos y tuviéramos aquí la espina dorsal (ver dibujo). Mientras que la cabeza tiene su centro dentro de sí misma, el hombre torácico la tiene muy lejos de si. Y si ahora nos imaginamos esto como si fuera una gran cabeza, esta gran cabeza podría pertenecer, digamos, a un hombre acostado de espaldas. Así pues, si consideramos la columna vertebral como una cabeza imperfecta, tendríamos un hombre tendido horizontalmente y otro erguido verticalmente.

metabolico

La cosa sería más complicada aún, hasta el punto de que no podríamos dibujarla en un plano, si tomáramos al hombre metabólico. En resumen, en el examen morfológico, en la observación de la forma plástica, los tres órganos de la naturaleza humana resultan completamente diferentes. La cabeza es, pudiéramos decir, una totalidad; en cambio, el hombre torácico no lo es; es un fragmento, y ¡ni hablar del hombre metabólico!6

Ahora bien: ¿por qué es la testa, la cabeza humana, algo cerrado en sí? Lo es, porque entre todos los miembros del hombre, la cabeza es el más adaptado al mundo físico. Por extraño que pueda parecerles, ya que están acostumbrados  a considerar la cabeza como el órgano más noble del hombre, es cierto que la cabeza es lo más adaptado a la existencia física; expresa lo máximo de esta existencia. Así, si queremos caracterizar lo primordial del cuerpo físico, tendremos que referirnos a la cabeza: en lo que a ella corresponde, el hombre es mayormente cuerpo físico. En cuanto a sus órganos torácicos, sus órganos rítmicos, el hombre es más que nada cuerpo etéreo; en cuanto a sus órganos de metabolismo, es más que nada cuerpo astral. Finalmente, por lo que respecta al yo, éste no ha dejado clara huella en el mundo físico.

Aquí hemos logrado una perspectiva que importa no perder de vista, y desde ella decirse: cuando miro la cabeza humana, o sea, lo que he marcado de color blanco (ver dibujo página 5, sombreado claro), capto lo más importante del cuerpo físico: en verdad la cabeza expresa con la mayor elocuencia el elemento manifiesto del ser humano. En el hombre torácico descuella la actividad del cuerpo etéreo; en la cabeza, es, mínima. De ahí que, desde un punto de vista físico, el tórax sea menos perfecto que la cabeza; desde un punto de vista físico, se entiende. Y el hombre metabólico es todavía más imperfecto, porque en él actúa en escasa medida el cuerpo etéreo, y máximamente el astral. Como lo he hecho notar varias veces, el yo es todavía el bebé, que apenas posee correlato físico.

Ya ven que también se puede describir al hombre diciendo: el hombre consta de cuerpo físico. Y si se quiere responder a la pregunta de qué es lo más parecido al cuerpo físico, la respuesta será: la esfera craneana. El hombre consta de cuerpo etéreo. ¿Qué es lo más parecido a él? El fragmento torácico. El hombre consta de cuerpo astral. ¿Qué es lo más parecido a él? El hombre metabó1ico. Para el yo casi no podemos señalar nada en el hombre físico. Así, cada uno de los tres aspectos del hombre: cabeza u hombre neuro-sensorial, hombre torácico o rítmico, y hombre metabólico, constituyen la imagen de algo que está detrás: la cabeza viene siendo la imagen del cuerpo físico; el tórax, la del cuerpo etéreo; el metabolismo, la del cuerpo astral. Es preciso dejar de observar al hombre como se le observa hoy día, cuando se toma del cadáver en la clínica un trozo de tejido o algo similar, sin importar si corresponde al pecho o a la cabeza. Hay que tener en cuenta que las partes cefálica, torácica y metabólica del hombre guardan distintas relaciones con el Cosmos, y cada una expresa plásticamente algo distinto que se halla oculto. Esto ampliará el método de observación meramente antropológico, en uso hoy día, hacia lo antropomórfico. Desde un punto de vista exclusivamente físico, los órganos torácico y cefálico tienen e1 mismo valor. Ya sea que disequen los pulmones o el cerebro, físicamente son materia los dos, pero desde un punto de vista espiritual, el caso es completamente distinto: cuando se diseca el cerebro, se ve con bastante claridad lo que se está disecando; en cambio, si se trata del tórax, los pulmones por ejemplo, aparece muy confuso lo que se diseca, ya que en su conformación el cuerpo etéreo juega un papel eminente mientras el hombre duerme..

Lo que acabo de explicar, tiene su contrapartida espiritual. El que ha progresado algo por la meditación y por los ejercicios descritos en nuestra literatura llega progresivamente a dividir al hombre en tres partes. Como ustedes recuerdan, yo me refiero a esta tripartición en el capítulo de mi libro “¿Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores?” que trata del Guardián del Umbral. Pero esa tripartición puede realizarse también por medio de una intensa concentración sobre sí mismo, separando realmente el hombre cefálico (ver dibujo, sombreado claro), el hombre torácico (sombreado rojo) y el hombre metabó1ico (sombreado azul). Entonces nos damos cuenta en virtud de qué nuestra cabeza es cabeza. Si, por concentración interior, ustedes independizan la cabeza con sus apéndices del resto del organismo, y la contemplan como auténtica cabeza, independiente de los demás órganos, la encontrarán muerta; no vive: resulta imposible separar por videncia la cabeza del resto del organismo humano sin percibirla como cadáver. Sí, en cambio, se puede hacer con el hombre torácico sin que pierda la vida. Finalmente, si ustedes separan el cuerpo astral por la desunión del hombre metabó1ico, aquel se les escapa, no permanece en su sitio, sino que sigue los movimientos cósmicos, porque lo astral lo habita.

Y ahora imagínense que tienen ante sí un niño y lo observan inteligente e imparcialmente, con estos conocimientos, en la forma que acabo de exponerles. Vean su cabeza: lleva en sí la muerte; vean lo que influye la cabeza partiendo del tórax: lo vivifica todo. Observen cuando el niño empieza a andar, y verán que es el cuerpo astral el que activa propiamente la marcha. Así, ustedes adquieren una certera intuición de lo que es la entidad humana: la cabeza, cadáver, que en estado de absoluto reposo, paralizaría la vida que se extiende por el hombre. En el momento en que empieza a andar, notarán que es realmente el cuerpo astral el que anda, y puede hacerlo porque consume materia al moverse, el metabolismo se activa en cierto modo. Y ¿cómo observar al yo? En realidad, ya lo tenemos todo agotado. Si ustedes contemplan la cabeza-cadáver, la vitalidad del hombre torácico, la marcha, ¿qué nos queda para percibir exteriormente al yo? Ya les he dicho que el yo apenas posee un correlato físico. Ustedes sólo podrán verle si contemplan al hombre en su crecimiento progresivo. Al año de vida, es muy pequeñito; al segundo año, mayor, y así sucesivamente. Al imaginarlo creciendo, pueden ustedes lograr una visión sinóptica de lo que él es en épocas sucesivas, y así se manifestará la expresión física al yo. Nunca podrán verle con sólo tener delante al hombre: su captación exige imaginarlo en su crecimiento. Si la gente no se entregara a ilusiones, sino que tratara de atenerse a realidades, comprendería que no puede percibir físicamente el yo en el hombre que sale a su encuentro, sino que esta percepción sólo es posible a través de sus distintas edades. En efecto, cuando ustedes vuelven a encontrar a un hombre después de veinte años de no haberlo visto, perciben intensamente su yo en el cambio sufrido por él, especialmente si era un niño la última vez que lo vieron.

Ahora les suplico que lo que les he dicho no lo analicen meramente en sentido teórico, sino que infundan vida en sus representaciones, y consideren que aquel hombre que antes estaba ante ustedes como un muñeco de cera, empieza a cobrar vida, todo él, al examinarlo de este modo: cabeza-cadáver; tórax-vivificación; marcha del cuerpo astral, crecimiento por el yo.

¿Qué es, en resumidas cuentas, lo que vemos genera1mente del ser humano, utilizando los ojos físicos, así como la razón? ¡Un muñeco de cera! que cobra vida cuando se le añade lo que acabo de explicarles.

Para ello necesitan, desde luego, impregnar su concepción de todo lo que la ciencia espiritual es capaz de infundir en las sensaciones, en los sentimientos, en la relación global del hombre con el mundo. El niño que corre les descubre el cuerpo astral. Y lo que se manifiesta en los ademanes de la marcha –cada niño anda de distinta manera– proviene de la configuración de los diferentes cuerpos astrales. Las tendencias implícitas del crecimiento llevan el sello del yo.

En todo lo que antecede, ejerce el Karma poderosa influencia. Tomemos un ejemplo, ya no muy próximo al presente: Johann Gottlieb Fichte. Ya les he caracterizado a Fichte desde los puntos de vista más diversos: a veces como un gran fi1ósofo, otras como bolchevique, etcétera… ¿no es cierto? Hoy lo contemplaremos desde otro punto de vista. Recuerden que les he mostrado por qué Fichte puede ser considerado entre los bolcheviques; ahora veremos otro aspecto. Supongamos que encontramos a Fichte en la calle, y lo vemos pasar: un hombre no muy alto, fornido. ¿Qué nos descubre su complexión? Un crecimiento contenido. Fuertemente plantando los pies, reciamente hincando los talones, así se le ve alejarse. Todo el yo de Fichte está ahí. Ni un solo matiz de su personalidad se nos puede escapar al verlo en esta forma, con su crecimiento retenido por algo de hambre en su juventud, robusto, con el cuerpo erguido hacia atrás, hincando firmemente los talones. ¡Casi pudiera decirse que se le oye hablar, al observarlo por la espalda!

Como ven, un elemento espiritual puede infiltrarse en los aspectos externos de la vida. Es verdad que no es posible si la gente no admite una actitud distinta a la que todavía hoy forma su manera de ser. Para nuestros contemporáneos, el escudriñar a sus semejantes de esta manera, constituiría una fatal indiscreción. No sería muy de desear que esto se extendiera, pues nuestros contemporáneos están conformados de tal modo por el materialismo en auge, que só1o porque está prohibido no abren las cartas que no les corresponden; de lo contrario, lo harían. Pero siguiendo este camino, no es factible lograr un cambio completo del género humano. Sin embargo, la Tierra ya cumplió desde mediados del siglo XV lo que el hombre en su existencia terrena no puede apropiarse sino acogiendo espiritualmente a su congénere, hasta en lo físico. Y cuanto más nos vamos desarrollando hacia el futuro, tanto más deberemos aprender a asimilar espiritualmente lo sensible que nos rodea. Lo cual debe empezar por la actividad pedagógica del maestro ante el niño. ¡Pedagogía fisiognómica: la voluntad de resolver el gran enigma hombre en cada ejemplar aislado, por medio de la educación!

Ahora pueden darse cuenta de lo fuerte que es en nuestra época eso que les he descrito como prueba de la Humanidad. Lo que les he explicado tiende esencialmente a una individualización progresiva, a la consideración de cada persona como entidad única. Esto debe cuajar en un gran ideal: nadie es igual al otro; cada uno tiene su propia esencia. Si la Tierra alcanzara su meta antes de que nosotros como hombres que somos alcanzáramos a reconocer todo hombre como una esencia en sí misma, la Humanidad no habría logrado su objetivo en la Tierra. Pero ¡cuán lejos estamos hoy de la actitud mental que propende a este objetivo! En verdad, nivelamos al hombre, hoy día; no miramos con la suficiente intensidad sus propiedades individuales. Hermann Bahr, de quien les he hablado con frecuencia, expresó una vez en Berlín que la formación de nuestra época tiende a terminar con la individualización. Cuando Bahr vivió cierto tiempo en esa ciudad en los años noventa y frecuentaba la sociedad berlinesa, solía tener una dama a su izquierda y otra a su derecha en la mesa. La noche siguiente, cuando se encontraba otra vez con damas a su derecha y a su izquierda, sólo podía darse cuenta por las tarjetas de invitación de que se trataba de otras señoras: no las miraba con gran atención, pues, en el fondo, eran igualitas la dama de ayer y la de hoy. Lo que él veía en ellas era completamente lo mismo. Y la cultura social, particularmente la industrial, hace que exteriormente todos los hombres sean iguales, no permite que la individualidad se manifieste externamente. De este modo, en el presente se tiende a la nivelación, mientras que el objetivo más íntimo del hombre debería ser la individualización. Nosotros escondemos, en estos tiempos más que nunca, la individualidad, lo que somos, en vez de buscarla, que es lo que más necesitamos.

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En la enseñanza debemos, pues, empezar por dirigir nuestra mirada interior hacia la individualidad. En la educación del maestro es preciso adoptar el propósito de encontrar la individualidad en el hombre, y esto sólo se logra si infundimos vida a nuestra idea del hombre en la forma que les he indicado, o sea, si formamos plena conciencia de que no es un mecanismo lo que se mueve hacia adelante, sino el cuerpo astral, que arrastra consigo al cuerpo físico. Y ahora comparen la imagen viviente y móvil del hombre completo que ustedes se forman en su interior, con lo que la ciencia usual suele darles: el homúnculo, un autentico homúnculo. Nada dice la ciencia sobre el hombre, sólo predica el homúnculo. Pero en la Pedagogía debe entrar, ante todo, el hombre verdadero, ese hombre que, actualmente, está completamente al margen de ella.

Por consiguiente, el problema educativo es un problema de formación de maestros, y mientras no se conciba así, no existirá posibilidad de alcanzar logros provechosos en educación. Examinado el asunto desde un punto de vista superior, todo se coordina de tal modo que se establezca un vínculo auténtico entre un tema y otro. En cambio, hoy se tiende a enseñar incluso las actividades humanas, las actividades internas, como si fueran asignaturas separadas. Se estudia Antropología, tras de ella Religión, a pesar de que no tienen mucho que ver entre sí. En realidad, lo que puede observarse en el hombre colinda con el problema de la inmortalidad, con el problema de la esencia eterna de la naturaleza humana: tuvimos que coordinar el problema de esta esencia eterna con la percepción inmediata de lo que es el hombre. Hay que introducir particularmente en la Pedagogía esa flexibilidad de la experiencia interna; entonces desarrollaremos facultades interiores completamente distintas a las que hoy se cultivan en las instituciones normalistas. Y esto reviste extraordinaria importancia.

Quería puntualizar por medio de las consideraciones que preceden, que la ciencia espiritual debe impregnarlo todo, y que sin ella no pueden resolverse los grandes problemas sociales del presente.

Rudolf  Steiner

La educación como problema social – Cuarta conferencia – Dornach, 15 de agosto de 1919


6 véase “El estudio del hombre”, lla. conferencia.

Nota 1: Tomando en cuenta la fecha de la conferencia, podemos dar el mismo sentido del ábaco, al uso de las computadoras y los Ipads en la educación infantil. – equipo editorial de GITA

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Esta entrada fue publicada el octubre 16, 2013 por en Antroposofia, El Educador, Pedagogía Waldorf.
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